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Textos.zip II

Roberto se sumergía lentamente en la lectura del periódico de la mañana. Entre titulares, donas y café se entretenía leyendo trabajos de la competencia. Con un marcador rojo señalaba cada trabajo en el que ya había estado. Restaurantes, gasolineras, colegios, universidades, iglesias evangélicas, fiestas de niños ricos, buses urbanos.
Todo ya le parecía trivial y repetitivo. La competencia estaba fuerte, pero tenía clientes frecuentes, aquellos que no confiaban en los jóvenes. Roberto estaba cansado del trabajo. Y que con cada uno de ellos ya no hicieran tanta alharaca como antes. Como que la gente se acostumbra.
La muerte en estos tiempos, -decía -es un mal negocio.

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Cuando Vanessa y Luís platicaban en el jardín de su casa recordaban a su amigo Fernando. Desde hace algunos meses todo le salía mal. No tenía trabajo y las deudas lo tenían al borde de la locura. Su esposa lo había dejado llevándose a los niños.

En algún momento Fernando había perdido el rumbo –se decía ambos. ¿Y no te ha llamado? –increpó Vanessa. No, tengo días de saber de él –respondió Luís. ¿Y no vas a buscarlo para saber si necesita algo Fernando?- preguntaba Vanessa.

Tal vez la próxima semana -respondió Luís mientras veía a Josué, su hijo, jugando en la bañera amarilla que le tenían en el jardín.

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Saúl a lo lejos se escuchó el timbre de la casa. Corrió a ver quién era. Pero se dio cuenta que no era el timbre sino el teléfono. Tenía algunos días de estar en esa casa nueva y el timbre de la puerta tenía sonido de celular. Era la segunda vez que le pasaba y decía que iba a cambiar el estúpido sonido del timbre. Cuando tal vez era más fácil cambiar el sonido del celular.

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Mirna estaba en una reunión. No podía creer que las ventas hubieran bajado en un 16.54 por ciento. Era viernes, y el lunes por ser fin de mes debía entregar cuentas a los ejecutivos de la empresa de cosméticos que ella dirigía. A su secretaría le giró la orden estricta de no molestarla con nimiedades. Ni llamadas, ni correos, ni correspondencia.

Se reunió con sus asesores de ventas y les dijo que si las cosas no mejoraban para el lunes, haría un recorte de personal. A sabiendas que podía ser lo último que podría hacer.

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Raquel había pasado llevándose a los niños de la guardería. A ellos los dejaba a las siete de la mañana. Porque a las siete treinta ella tenía que estar en su trabajo en una oficina de abogados. En su pequeño Subaru modelo 78 peleaba con taxistas que se estacionaban en doble fila, buses urbanos quienes tenían paradas cada diez metros y a media calzada.

Esa tarde en medio del tráfico la llamó al celular su esposo. No quiso contestarle, porque frente a ella un policía de tránsito le ordenaba que se detuviera. Ella se estacionó metros adelante. El policía le puso una multa por no cargar cinturón de seguridad. Fueron quinientos quetzales, que fueron a parar a las arcas del estado, y no pudo comprarse aquel disco que tango que tanto deseaba. Y lo peor de todo es que ese mismo día, en la tarde, era su clase, la cual le encantaba tomar para despejarse de sus problemas cotidianos.

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Como todos los días Federico, pensaba si su trabajo tenía sentido. Llamar a un sinnúmero de desconocidos para cobrarles. Desde la mañana había llamado a un número donde no respondían. Y eso le colmaba la paciencia. Debía cumplir con cierto número de llamadas efectivas. Y todos los meses era lo mismo. Y decidió después del último intento cambiar de trabajo.

Pero, cuáles son sus verdaderos intereses. Regresar a los centros de llamadas probablemente no. Lo que había comenzado como una opción ahora ya se volvió su única forma de vivir. Sus padres ya no le ayudaban económicamente. Ese mismo día renunció a su trabajo. Después de ello no tendría que volver a escuchar los insultos de quienes, le debían a la empresa para la que trabajaba.

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El domingo, las notas en el periódico. Decían más de lo mismo. “Un hombre se suicida en su habitación. El peritaje oficial dice que fue con una dosis alta de pastillas. Su esposa aduce que fue por los problemas económicos que enfrentaba. Junto a su cuerpo encontraron un listado de números telefónicos. El hombre identificado como Fernando Ordoñizque, deja en la orfandad a dos niños. Su esposa, Raquel Zelafi, dijo que estaban en su proceso de divorcio y que desde hace algunos meses estaba desempleado. Momentos antes de su muerte el occiso trató de comunicarse con ella”
Ángel Elías


Comentarios

Prado dijo…
el microrelato debe ser por mucho uno de los géneros más exigentes. has de sangrar incluso por escribir uno. los tuyos parecen haber valido la pena.

saludos.

p.
Angel Elías dijo…
Gracias por las observaciones. Un micro relato ha de resumir lo que una novela se desencadena diciendo
!HOLA! ESCRIBI NO SE QUE COSAS
BUENO PERO IGUAL ESTA BIEN...
LO Q ESCRIBES...! !ADELANTE!!!!
ESTO TENIEDO LAPSUS DE NO SE QUE...
Angel Elías dijo…
Gracias por tus comentarios simpre me gusta leerlos.

}Un abrazo
Anónimo dijo…
Esto era lo que querias que viera... bueno yo creo que ya estas mas que satisfecho, ahora ya no te debo nada, asi como dicen tus amigos bien por ti y seguile echando ganas
Pirata Cojo dijo…
Estos minirelatos de la jungla de asfalto son muy reales, a cada cual más dramático.

Bien Angel, seguí echando punta.
Angel Elías dijo…
Anonimo, que no es tan anonimo. En tes caso anonima, te envio abrazotes y gracias por estar alli

Maestro pirata, gracias por la visita. un abrazo. desafortunadamente las escenas son recurrentes.

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