VIERNES SANTO


(Fragmento)
Crónica ganadora del certamen Carlos Ovalle Nájera de Crónica en 2007
Tema: La Semana Santa
Foto: Prensa Libre.com
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canarias7.es





Entonces llegaba Viernes Santo. Era como despertar en un día de silencio. Porque ese día estaba prohibido saltar, reír o hablar en voz alta. El Viernes Santo, era el día en el que uno se debía preparar para el Santo Entierro, que salía a las tres de la tarde del templo central.

En la mañana, la abuela se levantaba temprano para terminar de preparar el almuerzo. Es que durante el día era prohibido trabajar. Esto por el duelo que debía mantener en señal a la muerte de Jesucristo.

Durante toda la mañana del viernes, pasaba el Nazareno, dejando nubes de incienso a su paso. Se hacían las estaciones del Vía Crucis, se rezaba por unos momentos y luego seguía su peregrinaje por las empedradas calles del lugar. La abuela con su traje lila se mantenía viendo detenidamente la imagen hasta que desaparecía en la esquina. Luego se santiguaba y nos entraba a todos a la casa, porque nadie tenía que estar en la calle, a menos que fueran a visitar la iglesia.

Nosotros, entonces nos entreteníamos viendo cómo terminaban de preparar el curtido, y el fresco de Súchiles.

También era muy tradicional el pescado con frijoles blancos. La mañana transcurría entre la preparación del almuerzo, la perseguida de la abuela para pegarnos con chicote, es que según decía ella, debía ser a así para que creciéramos.

Cuando llegaba medio día, el olor a pom e incienso dentro de la casa, era señal inequívoca que debíamos reunirnos en el cuartito de la abuela, donde tenía a los santos y los crucifijos, para rezar junto a ella una parte del rosario.

Era muy común encontrar en su altar de santos un ramo bendito en la misa de palmas, que consiguió en domingo de ramos, cuando el señor de la burriquita pasaba frente a la casa.

Las Torrejas y los panes con miel, caracterizaban al almuerzo del Viernes Santo. Todos nos reuníamos en la mesa en completo silencio. Hablábamos en voz baja, como esperando, las tres de la tarde cuando se escuchara los lejos la banda del Señor Sepultado. Era la señal de que debíamos regar agua en la calle y un poco de pino para que pasara dando la bendición la procesión cuando llegara a nosotros.

La abuela desde días atrás nos advertía de los baños en Viernes Santo, nos contaba que era pecado bañarse en ese día. Que el castigo era convertirse en Pez o Sirena, según era el caso.

Cuando el almuerzo de curtido, pescado y frijol blanco terminaba. Nos arreglábamos preparando la alfombra en calle de donde pasaría la procesión. Unos regaban agua, otros traían los costales el pino. Días antes los pobladores de las aldeas cercanas llegaban a la casa a ofrecer redes de hojas de pino.

Mientras se preparaba la alfombra, eran cientos de gentes que paraban observando la elaboración de las alfombras en la calle principal, donde también la hacíamos nosotros. Un derroche de creatividad, ingenio y colores dentro de un marco tan cuaresmal y guatemalteco, como la Semana Mayor.

Las columnas de personas, pasaban admirando la minuciosidad de las alfombras de aserrín. O la sobriedad de las alfombras de de pino. Además del multicolor de las flores, donde el corozo y la flor bugambilia, se llevaban la sorpresa de todos.

Luego al pasar la tarde, se escucha a lo lejos el sonido de la matraca y la banda cuando colocaban al Señor Sepultado en el anda. Entonces, según me relataba la abuela, ésta se levanta y comenzaría su recorrido. Luego de haber sido bajado de la cruz dentro de la iglesia.

Años antes, la abuela nos llevaba a ver cuando crucificaba la imagen de Jesús. En una acto muy solemne y ceremonial. Sacaban al Señor Sepultado de su urna y lo llevaban en brazos para colocarlo en la cruz, justamente al medio día. Se hacían colas extensas de feligreses para entrar a ver ese acto tan característico.

Luego en fila llegaban hasta el pie de la cruz para rezar un poco y besarle los pies al crucificado. Con la cabeza agachada, salían por la sacristía, que se encontraba detrás del templo y los cofrades entregaban un algodón con el que habían untado al Sepultado, momentos antes.

La abuela decía que este algodón era bendito y que servía para aliviar cualquier dolor. Con los años, ya no fuimos a la iglesia a ver al Sepultado. La abuela decía que había mucha gente. Y que le disgustaba los empujones.

Por ello, nos dedicamos a hacer alfombra, desde más temprano. El sonido del tambor, del redoblante y de los instrumentos de viento en una marcha que recordaba los dolorosos pasos del Jesucristo; anunciaba que el cortejo procesional estaba cerca. Se escuchaban pasos como: El Cuervo, Señor Pequé, Olvido, La Reseña, eran los sonidos característicos del paso.

Desde lejos se veían a todas las personas que venían aun mismo compás. Como balanceándose con el anda. Y se veían pasar todos vestidos de cucuruchos, centinelas, centuriones en caballos, soldados romanos. Algunos padres llevaban la tradición con sus hijos, y los vestían desde brazos como ellos. Todos con el toque morado de la Semana Santa.
Eran familias enteras las que se observaban en estos actos procesionales, como si todo el pueblo se reuniera en un punto.

En antesala procesional estaban los estandartes con bordados sobre la pasión de Cristo. Envuelto en una cortina de pom, el sonido de la banda fúnebre, anunciaba el paso del Señor Sepultado.

El paso del Sepultado era tan ceremonial, que nadie hablaba a su paso. Todos admiraban la belleza del anda y de Él. Del Señor Jesucristo.
El único acto permitido era santiguarse a su paso.

Luego el paso era interrumpido por cientos de feligreses que seguían el anda. Entonces llegaba La Virgen de Dolores, en un anda, tras el paso de su hijo. Con el rostro completamente inconsolable, cargado exclusivamente por mujeres vestidas de negro. Con velos sobre sus cabezas, algunas veces blancos y otras negros. Pero siempre iguales.

Ambos pasaban acompañadas de la banda que daba el toque característico al duelo de Semana Santa. El paso era cerrado por María Magdalena y San Juan, quienes acompañaban la marcha de La Dolorosa.

Poco a poco la calle se iba desocupando otra vez cuando el paso desaparecía en la esquina. Sólo quedaba la alfombra hecha basura, que la abuela ordenaba recoger, esto para que no hablaran los vecinos.

Luego, los patojos, salíamos a buscar la procesión y de paso ver las demás alfombras hasta ya entrada la noche, cuando debíamos regresar y cenar. Algunas veces íbamos a ver al templo la entrada del Sepultado a la medianoche. Entonces la abuela decía que el duelo era mayor a partir de allí, porque Cristo estaba muerto y debíamos guardar respeto. Todo hasta amanecer Domingo de Resurrección, cuando la alborada nos despertaba a las 4 de la mañana. Jesucristo había resucitado.

Ángel Elías

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