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Esa tarde supo, sin proponérselo que las cosas funcionan de maneras extrañas. Recorrió todo el paseo de la Reforma en la ciudad de México. Era tarde de sábado y había llovido mucho. Como si llorara por una ciudad insolente. Aunque la soledad puede ser mala consejera, tampoco es mala acompañante. 24 millones de gentes a su alrededor y al finalizar su caminata, el nombre de ella, fue lo único que alcanzaba decir. Como efecto dominó se escuchó un estornudo a más de 1500 kilómetros de distancia.
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En otra ciudad alguien recuerda. En esta ciudad alguien no recuerda el nombre. En aquella ciudad alguien suspira, en esa ciudad alguien pierde más recuerdos. En las ciudades olvidadas no hay espacio para las nostalgias.
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Y sabe que el destino los une y los separa. Por un hilo llamado tiempo. Por una puerta que no se abre a cualquiera. Ambos saben que sus recuerdos pesan más allá del tiempo. Pero todo es frágil, a veces un helado puede llevar a olvidar.
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Y me dejaste con más dudas que respuestas. ¿Los gatos se suben a los árboles o no?
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No hay nada más tierno que verte dormir. A mi cazadora de sueños, a la que ronronea para decir buenas noches. Al la que trabaja, come y estudia a deshoras. A lo que velo sin verla por las noches.
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Andrea. Tú, tienes la respuesta. La conoces desde el principio del mundo. ¿Los gatos suben a los árboles?
Ángel Elías

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