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Mostrando las entradas de enero, 2013

Tarde de miércoles

Con el cabello derramado sobre la almohada me llamaba. Y una sonrisa que parecía la réplica humana de la felicidad. Ella retozaba pensamientos y sonreía. ¿Es que acaso se puede ser más humanamente feliz?
Esa tarde llovía. Y las gotas se escuchan en los tejados cercanos, con la misma frecuencia que los besos compartidos. Ella tenía cosquillas justo detrás de la oreja. Entre el cuello y las ideas. Los libros nos miraban, voyeuristas inmutos.
Le habré susurrado algún poema al oído, de esos que suelen decir todo en pocas palabras, y me calló con un beso. Era su especialidad, enmudecerme, quitarme el aliento con su mirada y sus arranques de pasión cuando caminábamos por las calles.
Pero ahora ella estaba allí, en mi cama, revisando mis cosas, leyendo mis papeles desperdigados, deslizándose con la impunidad que le da su belleza y sus pechos descubiertos. Perfectas gotas de agua que se deslizan por el vidrio de una ventana que terminan un hermoso punto rosado.
Sabes que no puedo hacer nada má…

La “I”, letra de impuestos e inicio de año

Apofonía XIII

Los libros: me enamoran, como se enamora uno de una bella mujer. En sus páginas alberga el amor más profundo y hermoso. Los secretos que te susurran en las noches de insomnio. En las mañanas te dan una dosis de letras con cereal. 
Leer: no hay aventura más hermosa que sumergirse entre los brazos de la lectura. Un beso en el olvido.
Armando Manzanero: escuchar al maestro en el zócalo de la ciudad de México, lo sumerge en el romance.
Distancia: es aquella que en la distancia acompaña al mundo para recrear lo imposible.
Escribir: esa labor que no cesa, que se detiene por momentos, pero no termina de inquietar.