Respiro



A veces las teclas solo son esos picoteos extraños que se basan en la nada, como tratando de explicar lo que no se entiende, y los dedos se deslizan por los deseos. Otras veces, las palabras no dicen nada. Son ese silencio que grita, -aquí no pasa nada-.  A todo eso nos enfrentamos diariamente, al escrutinio de nuestras palabras que lucen vacías, al entorno que no entiende que ya nada vale la pena, o que en el mejor de los casos, todo tuvo su valor. Es difícil dejar partir a un amor añejo, ver cómo en el horizonte se oculta de todo aquello que alguna vez creímos verdadero. Y todo cambia y nada tiene sentido, y parece que el día es una pintura que se derrite en el ventanal que nos queda de frente. Ah, el amor, esa dama que no deja que le tomemos la mano, porque nos salió doncella. Nada parece tener el sentido necesario para retomar la esperanza, que según parece, se quedó muy lejos.
 
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Llega el momento en el que la vida se cansa de ella misma. Y la rutina establecida es un chiste que de tantas veces que se cuenta pierde gracia. Entonces las calles son calles, los perros son perros y los semáforos te detienen antes de que atardezca. ¿Realmente parece que la vida nos detiene en un semáforo en rojo? Es mucho más fácil que perder la vida en un billar. Entonces el cuento es extraño, lo  narra un ser que no parece humano, que es más que un fantasma de lo que nosotros somos un sábado en la mañana después de una velada con fiebre. El mundo se puede acabar en un minuto, a lo mejor fue en el que acaba de pasar. 

Ángel  Elías

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