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¿Cómo explicar Guatemala, el país de la sorpresa?

Explicar lo que sucede en Guatemala es remontarse a cientos de años de explotación de una clase privilegiada. Explicar Guatemala es recordar la guerra que se vivió y negar a la vez el genocidio contra los pueblos indígenas. Explicar lo que sucede en Guatemala es enfrentarse a una zanja de diferencias económicas abismales en el que el que tiene poco, realmente no tiene nada y el que está acomodado realmente es asquerosamente rico. Así de difícil es.

La dimisión del presidente Otto Pérez Molina, el pasado 3 de setiembre, llegó luego de que la clase media se percató de que vivía en un país burbuja, que no vivía en el mejor país del mundo y que los políticos le metían la mano descaradamente en el bolsillo para saquearla.

Durante varias semanas, los guatemaltecos salieron a las plazas para protestar contra la corrupción y el descaro de un presidente que no parecía tener límites. Las banderas y los cantos formaron parte de su discurso. Querían otra Guatemala, aunque no supieran cómo, querían otro país, aunque no supieran claramente cuál. Se reunían para conversar de un tema en específico (Otto Pérez), por fin tenían acuerdos, lograron algo que desconocían, identidad.
 
El guatemalteco carece de unidad en su identidad, niega sus raíces indígenas y rasca sus orígenes ibéricos. No se siente guatemalteco cuando se le habla de los mayas y no se siente español porque nunca ha encontrado ese nexo directo.

¿Por qué gritaron los guatemaltecos que durante tanto tiempo se mantuvieron en silencio? 36 años de guerra interna, que dejaron más de 300.000 desaparecidos, dejaron marcada a la sociedad. Las miles de muertes en las áreas urbanas y rurales, en su mayoría provocadas por el ejército, menguaron el impulso de las manifestaciones durante los 80 y 90.

En el área urbana, el no meterse en "cosas" fue la consigna durante muchos años (principalmente entre la población de clase media). Sin embargo, una nueva ola de juventud, la que no vivió la guerra, se impulsó en las redes sociales para salir a las calles a manifestar su descontento. Las masas lograron aglutinarse bajo un objetivo común y como diría Elías Canetti, en su libro Masa y poder, obtener el anonimato.

Esta masa no es uniforme, es un grupo disparejo en el que confluyen muchas ideologías y corrientes políticas amarradas por un sentimiento, la animadversión contra Perez Molina y Roxana Baldetti.
 
La masa carece de líderes, carece de cabezas que puedan catapultar un verdadero cambio desde las elecciones, nadie toma tal responsabilidad, quedando como una masa, muy pública gracias a las redes sociales, pero anónima en sus fines.

El guatemalteco le teme al otro, es innegable. Es un ser individualista y hasta solitario. No deja entrar a su círculo de confianza a las personas. En el país existe un gran repertorio de agencias de seguridad, las cuales son propiedad de militares, para mantener aislado a los guatemaltecos (en sus negocios, sus residencias o sus escuelas). Porque el guatemalteco tiene un miedo casi automático hacia el otro. En este caso existen dos retos: mantener la unidad —eso significa ponerse de acuerdo— y romper el miedo, no hacia el gobierno, sino hacia su prójimo.

La línea que lleva a Roma. En abril, el descubrimiento de una red de defraudación fiscal llamada "La línea" abrió un proceso en el que se implicó a la vicepresidencia y a altos mandos del Ejecutivo.

El secretario de vicepresidencial, Juan Carlos Monzón, se ve involucrado y misteriosamente desaparece luego de un viaje a Corea del Sur junto a la vicepresidenta Roxana Baldetti, quien ahora está detenida. Lo último que se supo de él, es que estuvo en Honduras. Ella regresó sola.

Las protestas logran su primer cometido, en mayo logran la caída de la vicepresidenta Roxana Baldetti. Las masas aplauden, el empresariado local ve con buenos ojos y pareciera que todo se mantiene normal. Las protesta siguen y comienzan a caer más personas relacionadas con el Gobierno, otras empiezan a huir o a bajar el perfil.

El presidente fue el único que quedó en pie, ya sin piezas claves Pérez se convirtió en un simple monigote, así estuvo hasta sus últimos días. Cuando en una madrugada de setiembre, mes patrio, entregó su carta de renuncia. La sociedad guatemalteca estalló en júbilo y celebró con estrépito.

 

Continuidad de Cicig. 

Sin embargo, hay algo que parece curioso y poco reflexionado, la visita del vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, el 3 de marzo pasado a Guatemala como parte de una reunión para consolidar la Alianza para la Prosperidad del Triángulo Norte (Guatemala, Honduras y El Salvador); durante esa visita Biden manifestó su interés en la continuidad de la Cicig en Guatemala.

Esa escena es particular porque el 18 de setiembre de 2014, Pérez Molina expresó que el trabajo de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (Cicig) ya estaba llegando a su final, por lo que seguramente en 2015 prescindiría de esa entidad para que los guatemaltecos se encargaran de sus propios temas de seguridad y justicia. Durante los meses siguientes, el debate sobre la continuidad de Cicig en Guatemala fue intenso. Analistas y comentaristas de radio y televisión, muchos de ellos plegados a intereses de la derecha nacional, afirmaron que la continuidad de la Cicig era dañina para la soberanía.

La posición del presidente fue la misma, no habrá continuidad. Empero, en lo mejor del debate sobre la continuidad llegó la denuncia. La continuidad era importante, y qué mejor forma de comprobarlo que destapando un caso de alto impacto y qué mejor que involucrar a quienes se opusieron. Las aguas se agitaron, se destapó el caso de "La línea" el 16 de abril y  el 23 siguiente el presidente Otto Pérez Molina pide que continúe la Cicig. ¿Casualidades de la vida?.



¿Qué se viene? 

El mayor propulsor de las protestas fue al Cicig, un motor silencioso y financiado en su mayoría por la ONU, países cooperantes y Estados Unidos. Cada destape de escándalos era un leño más para la locomotora de las protestas. En este caso, se puede decir que la influencia de la Cicig fue fundamental para mantener el ardor patrio en un país donde el índice de impunidad es de 95%. Cicig fue hábil para endosar el poder de decisión en las manifestaciones populares, se convirtió en la tabla de salvación de la inmundicia de la corrupción estatal.

La labor de este ente investigativo devolvió, de alguna manera, la esperanza en la mancillada autoestima del guatemalteco. Sin embargo, los retos son más grandes, sacar a la pareja presidencial es solo el flotador que aparece del naufragio.

¿Cómo lograr que la sociedad logre una unidad para ponerse de acuerdo frente a los retos nacionales? ¿Existe posibilidad de influir, más allá de las protestas, dentro de las decisiones nacionales? Las protestas, me temo, no podrán ser eternas. Hay más preguntas que respuestas en una democracia tan embrionaria como la guatemalteca.

Tras la renuncia de Roxana Baldetti en mayo, se eligió a Alejandro Maldonado Aguirre, quien desde ese entonces mantuvo un perfil bajo y hasta daba la impresión que llegaba a ordena la casa, por mandato de la oligarquía guatemalteca, un grupo de familias que toman decisiones importantes en el país.

En Guatemala, los poderes que realmente gobiernan han sido inamovibles desde épocas coloniales, por ello dejaron a uno de sus históricos abogados listo para asumir. El postre para Alejandro Maldonado Aguirre estaba servido mucho antes que la cena.

Maldonado Aguirre estuvo en la Corte de Constitucionalidad, máximo órgano en materia jurídica en el país, y anuló el fallo por genocidio contra Ríos Montt, redujo el periodo de Claudia Paz —fiscal que llevó al banquillo de los acusados al general Ríos Montt, logrando con ello su condena por genocidio— en el Ministerio Público y avaló las cuestionadas elecciones en la Corte Suprema de Justicia, cuando muchos órganos de investigación, incluyendo Cicig, declararon poco idóneos a los jueces candidatos.

¿Y la oposición? 

La izquierda guatemalteca es un grupo acéfalo, diluido y sin ideas claras para el siglo XXI. Son un grupo que suspira por romances con las revoluciones de la mitad del siglo XX en Latinoamérica y no oponen resistencia alguna al status quo. La izquierda es débil, porque no se sostiene sola. La izquierda no es opción para los guatemaltecos.

Las cosas en Guatemala no son lo que parecen, la ciudadanía quiere cambios, pero aún no tiene las herramientas necesarias para hacerlos, para empujarlos.

En el caso del movimiento indígena, parece interesante resaltar que, al igual que en la Colonia, pareciera que han sido usados como parte del folclor de las marchas y las manifestaciones. Los movimientos populares, aprovechándose de la falta de educación de muchas de las poblaciones indígenas, los trajeron a manifestarse múltiples veces, tanto en contra como a favor del partido de Gobierno. Además, en este momento histórico las manifestaciones fueron avaladas, pero en otras oportunidades (como cuando protestan por la incursión de la minería metálica en sus poblaciones, sus derechos consuetudinarios o simplemente por la igualdad en la sociedad) han sido vilipendiados por el resto de la población.

Guatemala, como país, tiene la oportunidad de cambiar su destino, desafortunadamente no sabe cómo. Todo indica que tras las elecciones (que se definirán en segunda ronda) cuatro años correrán por la cañería o bien la Cicig tendrá, en plena fiesta, que apagar la música, otra vez.

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