Textos Zip XXXVII


Aquella noche ella estaba sola en su casa, no había más allá que el viento que golpeaba su ventana. Acaba de salir de la ducha cuando su alma llegó. En un intercambio de miradas se sonrieron como cada noche. -Buenas noches -, era el ritual que cada día antes de cenar. Ella pasaba todo el día esperando ese momento de la noche, en la que su alma le contaba lo que había hecho en el día. Cuentas, chismes de barrio y algunos chistes llenaban la casa, además de las cómplices sonrisas de ambos. Ellos se conocieron en un retiro espiritual, a las orillas del lago. Ella siempre lo había tenido prisionero. Fueron 30 años en los que ni un saludo se habían intercambiado, a pesar de los esfuerzos de su alma por entablar una conversación. El chamán le dijo que su alma tenía algo que decirle y el fuego solo dijo: libertad. A partir de ese día, el alma de ella sale a trabajar, cobrar cuentas y beber una cerveza en un bar cercano y regresa antes de las 9 de la noche para contarle lo sucedido. Para ella ese extraño cambio se convirtió en rutina. Cada noche le preparaba un libro y besos. Su alma entonces se apacigua y pregunta por las noticias. Ella lo abraza, como cuando le perteneció y este la besa en la frente, consciente de que nunca estuvieron más unidos.

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Aquel día se levantó un poco nervioso. Encendió la televisión con su control desde la cama y aparecía las primeras noticias, nada fuera de lo normal. En el patio apenas el alba dejaba pasar los rayos del sol. En la cocina se escuchaba el sonido de los primeros sartenes para preparar el desayuno. -Esa Mónica, mucho ruido hace y yo estoy algo nervioso-, pensó mientras se preparaba para levantarse. Aquellas cobijas eran muy cómodas y tibias para dejarse. El piso estaba muy frío y caminando sobre sus talones llegó por su pants que estaban en la silla. En la televisión comentaban los deportes. -Municipal perdió otra vez -, dijo con cierta resignación. Se puso la bata y salió de la habitación. El timbre sonó y eran las 6 de la mañana. Un sobresalto -¿Quién será a esta hora?- se preguntó. El timbre siguió sonando con insistencia, los pasos de Mónica se escucharon y luego el abrir de la puerta delató una conversación. Él bajó nervioso por las escaleras de su casa. Señor, lo buscan, le dijo Mónica. Solo alcanzó a ver cuatro hombres con chalecos y unos lentes oscuros. -Diputado Gómez­, necesitamos que nos acompañe -dijeron aquellos hombres con el logotipo de Ministerio Público mientras entraban a la casa y lo esposaban. Las cámaras de televisión ya estaban en su patio y en el noticiero matutino se interrumpieron los deportes para anunciar un Última hora. 

Ángel Elías

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