La conquista del Mundo de Canicas y otros cuentos Karinenses A Karina Esa tarde te vi llegar, cuando yo jugaba con mis canicas a sueños prestados. Te vi pasar con la petulancia característica de una niña consentida de dieciséis años. Es claro que lo eras. Pero te vi irreal, mágica. Eras un rayo que bajaba del cosmos e iluminaba cada resquicio oscuro de tu ser. Aunque por un momento, esa misma luz, parecía ser emitida por las estrellas que coronan cada pupila guardada bajo esas espesas, inquebrantables e inexploradas pestañas. Te vi recorrer esa calle, esa tarde, como no pisando el suelo, como queriendo no acercarte a la mortalidad. Dejando entrever esa imagen angelical de lo imposible. Pero ¿Qué te devolvía con nosotros, a este mundo manchado de mortalidad fútil? ¿Qué era lo que no dejaba que desplegaras en todo el esplendor tus alas? ¿Qué te hacía posible para mí? Talvez esa sonrisa que nunca me regalaste. O esa vez que te besé sin tocarte. Quizá la mirada que te robé sin que te diera...