Para mi amigo Otto




A petición de Otto escuchemos Frío de Jarabe de Palo 

Otto me llamó por teléfono anoche. Estaba desecho. Quien fue su novia agregó un detalle interesante a la trama. Aunque no quiso explicarme, dijo que estaba decepcionado, que lo último que tenía de ella fue hecho añicos en un par de palabras. Según parece, ella le dijo algo que todos sabíamos, no lo quiere ni un céntimo. 

Otto me causa nostalgia. En realidad, él lo único que él quería guardar de ella, según me contó, era un buen recuerdo. Una especie de caja cristalina donde almacenar lo hermoso que tenía de ella. Efectivamente hasta hace unos días, cuando se le preguntaba sobre ella, él se desenredaba en elogios y recuerdos gratos. No quise seguir indagando sobre el problema de ahora. Con verlo hecho añicos,  me imagine que lo sucedido fue un desastre. Otto, solo quería hablar y decir que la más grande frustración fue no poder defender lo último que le quedaba de ella, el recuerdo. ¿Y ahora qué?, le pregunto a mi amigo, pues nada, responde, solo espero, que ella sea feliz.

Las cosas suelen suceder de esa manera y creo comprender a mi amigo. Hoy Otto tiene  tristeza al ver sus recuerdos en un reguero de cristales en el suelo. A lo que le dije a modo tonto de consuelo, esta puede ser una oportunidad para empezar una vez más.

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En algún lugar de la ciudad, en un restaurante, en un punto inexacto del mundo. En ese sitio desconocido iluminado y aislado. Una mujer luce hermosa y ríe de manera exacta. Un hombre la observa y la invita a otra copa de vino. Ambos se toman de las manos, es su cumpleaños y llega un mariachi contratado para cantarle las mañanitas. La foto, el instante, la sonrisa, la felicidad. Un recuerdo atrapado en un segundo que lo recuperarán los nietos a miles de segundos de allí, en el futuro.

Otro hombre, el algún lugar de la ciudad se siente solo.


Ángel Elías

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