Ya han pasado 30 años del terremoto del ‘76 en Guatemala. Y aunque no lo viví, sí comparto ese sentimiento por el pasado que ese terremoto destruyó. Comparto la pena de miles de guatemaltecos que perdieron familiares en esa tragedia. Poco puedo imaginar la sensación de acostarse y ver cada detalle de la vida por última vez. Ver el lugar donde crecí como un espejismo tan frágil, sin saberlo. Dar las buenas noches a seres que de su sueño profundo pasaron a la incertidumbre y después al no despertar más. Esas heridas que ahora pareciera han cerrado, pero permanezcan intactas en las mentes de quienes sobrevivieron. Nosotros, los que no vivimos esa tragedia, somos la generación que viene de la que sobrevivió, los que nacimos con la fortuna de nuestro lado. Esa Guatemala que fue arrebatada en segundos por un designio natural. ¿En realidad hemos tomado pulso de lo que realmente pasó? No lo creo, vemos esa tragedia como un espacio más en los libros de historia. No le damos el verdadero signifi...