a aquellos recuerdos que nunca terminamos de encontrar... Llovía en la ciudad de México. Todo parecía tan profundamente confuso. Aquellos diluvios que caracterizan a esa ciudad de más de 20 millones de almas asustan un poco. Ya me encontraba en el café donde quedamos para platicar. La plaza Cibeles entonces es bañada estrepitosamente con todas sus estatuas por la lluvia que cae. El café era quien me acompañaba. Nada más. Es un poco triste sentarse en el medio de la nada, si más conocidos que unos desconocidos y separados por miles de kilómetros de los recuerdos. La lluvia se arreciaba. Los autos eran casi unos submarinos que atravesaban las calles aledañas a la plazoleta. Me dieron un café enorme, mi boca todavía tiene el sabor a ciudad-humo. La lluvia dio una tregua extraña. Como si el ojo del huracán se hubiera estacionado sobre nuestras cabezas. Soplaba una brisa húmeda, fría y los chorros de la ...