Otto, es un amigo de la infancia. Es muy noble el chico. Crecimos juntos y platicábamos de todo. Hasta altas horas de la noche nos quedábamos en la calle, esquina opuesta a la mía tratando de arreglar el mundo. Hace unas semanas lo vi bien arregladito y paseando con su novia. Se veían tan contentos. Llevaron un romance intenso, según me contaba Otto. Desde el principio se llevaron bien, se contaban todo, se daban de comer en la boca y esas cosas que hacen los novios. Se ayudaban, se aconsejaban, se reían, se hacían cosquillas, creo que eso les provocaba más risa. Se leían los pensamientos, creo que estaban bien. Pero como todo en este mundo tiene un fin, y no todos esos fines son felices y contentos, mi amigo me contó recientemente que su relación acabó. No hondó en detalles, solo dijo, las cosas acabaron. Su rostro evidenciaba que tal rompimiento lo había hecho trizas. Tengo síndrome de abstinencia, me dice, cuando vino ayer en la tarde a la casa. ¿Cómo así? Le pregunto. T...