En mi niñez jamás me pregunté por mi etnicidad, bueno creo que pocos niños lo hacen. No fue como un asunto prioritario eso de entender la cultura y el origen cosmogónico de donde provengo. Mi abuela tenía rituales indígenas y me curaron en varias ocasiones de mal de ojo, mi abuela paterna hablaba en kaqchikel y mis padres sabían algunas palabras. A mí, para esa edad todo me parecía de lo más normal, pensaba que todo funcionaba igual, ¿qué era yo? Un habitante más, ni menos, ni más. En la escuela hicieron un censo en el que nos preguntaron sobre nuestro origen étnico. Levanten la mano los indígenas, dijo la maestra. No supe qué hacer, no porque me identificara, sino porque nunca me hice esa pregunta, francamente. La maestra me vio y dijo: indígena. Ese fue como mi primer encuentro con el querer conocer más sobre el asunto étnico. Decirse indígena o no, no debe ser como una etiqueta que lo haga mejor a uno, eso me enseñaron en casa. Crecí con ese concepto hasta que...