La mañana del lunes 30 de diciembre de 1996 salí con mi prima de 8 años a pasear en bicicleta. En aquel entonces yo tenía 12. Yo viví toda mi infancia en San Martín Jilotepeque, municipio seriamente golpeado por la guerra. Mis padres contaban que en toda la cuadra no quedó ninguna familia, todas huyeron. El miedo marcaba los rostros de quienes habían vivido el peor infierno de sus vidas; tanto se temía a la guerrilla como al ejército. Muchas noches, entre el silencio de la oscuridad, la cena y los apagones de electricidad se contaban como en susurros lo que había ocurrido durante “la violencia”. Contaban historias de desaparecidos, muertos, perseguidos y casi inaudible de los parientes que se escaparon de morir. Eso lo escuché de pequeño, como si fueran cosas que nunca pasaron, como leyendas de miedo, pero eran reales. A 20 años de la firma de la paz, del cese del fuego entre la guerrilla y el ejército veo que el debate se centra en negar que e...