Esa noche. La lluvia caía inexorablemente sobre las cabezas de los que pasaban sin voltearla a ver. Aquella mujer lloraba. Y nadie parecía darse cuenta de ello. Su zapatilla se había roto. La misma que él, el que cruza la esquina sin voltearla a ver, le había regalado en el día de su cumpleaños treinta. Tuvieron que pasar cientos de personas para darse cuenta que la vida no se detiene. Que la lluvia no dejará de caer. Y el recuerdo, es un hombre que cambia de sombrero, según el clima. **** Ellos se encontraron y se reconocieron. Como la vez que se encontraron en Atitlán y compartieron sueños, hace ya hace varios años. Ahora se hallaron a miles de kilómetros, en diferentes circunstancias. Él la reconoció por aquel lunar en el cuello. Y ella reconoció la cicatriz en la mano, la misma que se hizo por cortarle una rosa en San Valentín. Ambos desde su separación sabían que su encuentro era insalvable. ¿Pero, por qué ahora? ¿En estas circunstancias? El vuelo de ella se había cambiado...