Por alguna razón crecimos con un respeto casi ilógico por todo. Los guatemaltecos somos demasiado formalistas, protocolarios y un tanto serviles. Respetamos, frente a todos, lo que creemos merecen nuestra admiración. Este dato es un poco risorio en otros países. Razón por la cual a nosotros los extranjeros nos parecen un tanto groseros. Probablemente este síntoma de sometimiento sea la secuela de cientos de años de esclavitud y otros tantos de gobiernos represores. Entonces tenemos una especie de raro respeto a la autoridad. Eso sí, mientras nos están viendo. Caso contrario la anarquía y el desorden se apoderan de las cándidas almas del guatemalteco. Todo esto viene a colación por una amiga que comienza con la escritura de poemas. Y me pidió un par de consejos. Y le dije lo que alguna vez alguien me refirió: ¡Irrespetá! La poesía como una de las artes necesita ese rompimiento de esquemas que el respeto a la figura no nos deja despedazar. Eso aplicado a todo: a forma, a poemas consagrad...