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Rogelia


Fue la última vez que me subí al metro. Dos agentes me detuvieron cuando salí del vagón antes de que pudiera salir a la calle. Me tomaron del brazo, me pidieron papeles. Todos me observaban con indignación como si les estuviera robando, como si fuera una criminal. Paré dentro de la patrulla de migración. Temó que mi hija ya no pueda seguir en la escuela. La dejé hace dos años al cuidado de mi madre. Son lo único que tengo. Mi maternidad fue hermosa. Hasta que los gastos fueron duros y no teníamos para comer. Tuve que salir a buscar trabajo, pero nadie me aceptaba. Una vecina me dijo que su marido estaba en Nueva York trabajando, que podía ir con él, que un coyote me llevaría segura. Lo dudé por días. Mi hija, mi madre… quería estar con ellas. Pero tampoco deseaba verlas morir de hambre.

 El viaje fue duro. Nadie espera que lo traten así. Miles de kilómetros de sufrimiento y barbarie. Murieron dos compañeros en el desierto. En algún lugar los buitres se comieron sus restos. Nunca pudimos avisar a su familia. Únicamente supimos sus nombres de pila. Ni teléfonos, ni dirección. El paso por México es deprimente. Con sus luces de neón en las carreteras, sus lugares tan extraños, su comida tan distinta. El mexicano nos veía raro al momento de hablarles. El acento nos delataba y nos trataban como basura. No pasamos grandes ciudades, no dormimos en grandes hoteles, no conocimos ese México que dicen las guías de turismo. Realmente no conocimos, no éramos turistas, éramos nadie. Los policías de migración mexicana nos pedían dinero la ocultabamos en la ropa interior porque nos esculcaban y nos quitaban todo. Dormimos unas noches en el bosque, bajo los árboles, en pueblos de nombres impronunciables. La luna nos iluminaba. ¿Hará la misma luna en la casa de mi hija?

El desierto es cruel. Nada tiene comparación a ese infierno. Caminamos varios días, vi huesos humanos. Juro que quise morirme bajo ese sol y ya no sentir más dolor. Lo único que me dio valor fue el recuerdo de mi hija. Salí de la casa sin despedirme de ella, no tuve la valentía para hacerlo. El coyote nos abandonó una noche, la más fría de todas en el desierto. Cuando despertamos ya no estaba él. Dejó una nota en la chaqueta de uno de los compañeros en donde nos decía que llamáramos a ese teléfono si llegábamos a encontrar uno.

Llegamos a algún lugar. Ya estábamos en Estados Unidos. Encontramos un teléfono, llamamos y nos llegaron a traer. Paré Nueva York llorando. No dejé de hacerlo por varios días. Esa ciudad me daba miedo. Todo era gigante, frío e indiferente. La gente anda abrigada y yo andaba con hambre. No sabía inglés. Llamé al esposo de mi vecina. Le dije que estaba allí. Me llegó a traer al Central Park seis horas después. No quise moverme de una banqueta. Todos me veían con recelo, yo con miedo. Comí algo que encontré en la basura, un pedazo de pizza creo. Los gringos no terminan de comer sus cosas. Eso es pecado creería mi abuelita. Al llegar mi antiguo vecino, me regaña por andar todavía en harapos. Te puede agarrar la policía, me dijo. No tengo nada más. A los días me consiguió trabajo en una lavandería. No platicaba con la gente, no salía. Mi único contacto era una ventana que daba a la calle donde yo planchaba y lavaba. Todo era como un mal sueño.

Inmigración, como le dicen, me agarró el día de descanso.

Ángel Elías

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