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Cuando las cosas son lo que parecen III


Son divertidos sus correos electrónicos, hilarantes. Tiene un fantástico humor. Un poco irónico, un poco dulce, un poco sensible. Me sorprende la facilidad con la que me responde. Sabe cual es el punto básico de la risa, algo muy difícil de encontrar en alguien
Las semanas deberían tener más días. El día más horas y mi suerte más correos así, imagino. Nada mejor que suponer a una mujer respondiendo con sagacidad a una seguidilla de mordaces comentarios, todos relacionados al tiempo y de cómo estirarlo.

No sé nada de ella, pero es como si lo supiera. Me interesa conocer un poco sobre las cosas que pasa, lo que la rodea. En ese afán extraño por entablar amistad. Es algo hermoso platicar un poco de ella.

Desde hace unos días intercambiamos correo. Otro par después, el número de teléfono. Claro, me gusta escribir, me siento más cómodo platicar por medio electrónico. Si viviéramos en la época colonial o algo así, yo estaría en el atlántico norte y ella en alguna isla en el Caribe o viceversa. Ella sería palmeras y arena, yo glaciales y osos polares.

Pero todo es diferente, ni ella está al otro lado del planeta, ni yo estoy en el fin de mundo, aunque a veces parece que sí. Es emocionante enlazarse con alguien. Coincidir en alguna parte del camino. Convencerse que alguien puede conocerte sin algún punto más que el propio interés y la curiosidad

Pareciera que la conociera de años. En alguna ocasiones todo esto nos parece delirante, una ilusión fundada en expectativas.

Tenemos ese nivel de pertenencia, por ahora esa conversación, esa risa, el número de teléfono, un par de mensajes y llamadas telefónicas intercambiadas pueden ser lo suficiente para darte por satisfecho

Hablamos de todo. De lo transcendentalmente cotidiano. Es hermoso que te palpite por momentos el corazón. Claro, en este punto no hay nada seguro, pero el hecho de pensarlo, de vivir el espacio, hasta ahora ficticio, es mejor que no tener nada.

Ella es un nicho de sorpresas y entendimientos variados. Cuando le llamo y dejamos de conversar hay una paz y sonrío todo el día. Me han preguntado lo que me sucede. Respondo que nada, que la vida puede tener altibajos. ¿Amor? ¿Es que acaso hay que enamorarse para ser feliz?

Lo que sé es que me gusta platicar con ella, y que mañana le escribiré nuevamente, para conocer un poco de su cotidianidad que es como un ave que pasa y que no se dejaría atrapar. 

Continúa

Ángel Elías

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