Todos los años acabamos un poco más viejos, otro poco cansados. Tal vez con un poco más de vida, pero al final de año terminamos con un cúmulo de experiencias sobre nuestras espaldas. El fin de año es del correr, el de asfixiarse con las cuentas y el de perderse dentro de una ola de consumo que termina por engullirnos.
Para mí, este fin de año fue diferente. No hubo corre-corre. No hubo prisa, no hubo apuro. Salí de donde vivo por varios días. Esto para no tener contacto con nadie. Me refugié en una ciudad alejada de la capital, donde pude caminar sin prisas. Donde me detenía en cada cuadra a observar los detalles de la calle. En aquella ciudad, de tráfico liviano, no tuve reloj. No estuve sujeto a horarios. Más allá de los almuerzo y las cenas. Conocí varios cafés y restaurantes, a los que si hubiera estado corriendo nunca hubiera entrado. Platiqué con gente desconocida. Y cuando caía la noche regresaba a dormir, cansado de tanto caminar, pero contento.
En aquella ciud...