lunes, enero 02, 2017

La vida está hecha de recuerdos que nos hicieron felices



Para qué negarlo, me enamoré de ella, como se enamora de los atardeceres de otoño. Aquellos que sus caídas de hojas hasta parecen musicales. Para mí M, tiene la habilidad de convertir el gris en colores, el agua en vida y la música en esperanza. Así es ella, una sinfonía de músicos invisibles. 


Claro, cada una de sus aventuras me llevaba a lo más profundo de mis miedos y me devolvía más fuerte, como se debe. A lo mejor cuando nos conocimos, en edificio derruido, casi en llamas, nunca pensamos en la magnitud de nuestros encuentros, algunos furtivos, otros anónimos, pero muy significativos.


Ahora, al escribir estas letras, pareciera que cada palabra que pongo no puede expresar la profundidad de nuestros actos. Como la vez que nos pusimos a ver las estrellas a la orilla del lago después de un tazón de queso y frijoles. O la vez que se quedó dormida mientras cantaba a Sabina en la carretera un sábado por la noche. A lo mejor los recuerdos se construyen con las veces que nos desvelamos tratando de arreglar el mundo, sin arreglarnos un poco para nuestro futuro.


Pero los recuerdos, las anécdotas y las aventuras abundan, como las sonrisas tras el lente de la cámara de las fotos que aún guardo y que seguramente recordaremos por siempre. En las historias siempre hay sonrisas, y esas son las que prefiero recordar, con la fuerza que ella me dejó y la que se mantiene viva.


Ella tiene la habilidad de  convertir el queso en quesadilla, don dejado a las manos hábiles de las musas del Olimpo que poco conocen de cocina hasta que se topan con las quesadillas. Ella conocía la  habilidad de amar sin tocar, de besar con los ojos y de acariciar con su olor. Esas habilidades con las que se nacen y pocos conocen que es una ciencia casi oculta  y que no está disponible para los mortales. ¿Si me enamoré?, el reto no es enamorarse, el reto es desenamorarse, desprenderse de esa parte tan importante en la vida porque ya cumplió su misión aunque uno en el fondo sepa que aún hay más.


M. tiene por las manos al universo y por cabellera a las estrellas. Ella tiene el mundo sostenido en sus pupilas y el universo transformado en palabras, esas con la que tanto luchamos y por las que tanto suspiramos.


M y yo ya no estamos juntos. Y aunque parezca paradójico no se puede engañar al destino, claro que la extrañaré, pero también es comprensible que los recuerdos buenos nunca se olvidan.


Para ella, la que dormía tarde por sus sueños, la que saltaba de nube en nube con una pijama de vaquita y piecitos, la que colgaba sus recuerdos de las paredes, la que separaba sus libros por emociones, la que dibujaba y no mostraba a nadie sus obras de arte, la que se escabullía en la noche para construir su futuro, la que mantiene a esperanza porque este puede ser un mundo mejor, la que viaja y no se cansa, la que busca las consignas, la que guarda secretos sin guardarlos, la que atesora un álbum de fotos de un viaje al fin del mundo, la que me regaló una camisa, la que la vence el sueño a media conversación, a ella, a la cuidadora de gatos y mamá de peque, está dedicada este bolero. 

Ángel Elías

jueves, diciembre 29, 2016

A 20 años de la paz



La mañana del lunes 30 de diciembre de 1996 salí con mi prima de 8 años a pasear en bicicleta. En aquel entonces yo tenía 12. Yo viví toda mi infancia en San Martín Jilotepeque, municipio seriamente golpeado por la guerra. 

Mis padres contaban que en toda la cuadra no quedó ninguna familia, todas huyeron. El miedo marcaba los rostros de quienes habían vivido el peor infierno de sus vidas; tanto se temía a la guerrilla como al ejército. Muchas noches, entre el silencio de la oscuridad, la cena y los apagones de electricidad se contaban como en susurros lo que había ocurrido durante “la violencia”. 

Contaban historias de desaparecidos, muertos, perseguidos y casi inaudible de los parientes que se escaparon de morir. Eso lo escuché de pequeño, como si fueran cosas que nunca pasaron, como leyendas de miedo, pero eran reales. 

A 20 años de la firma de la paz, del cese del fuego entre la guerrilla y el ejército veo que el debate se centra en negar que esa firma fue un avance, claro que lo fue, es innegable. La firma de los acuerdos de paz fue el inicio para conocer que el dolor puede ser sanado, que el país necesita justicia y que la única forma de encontrar la reconciliación es a través de conocer la verdad y que esta sea conversada entre los guatemaltecos y nunca negada. 

No se puede decir que no hubo muertos, esos muertos tuvieron ejecutores y que estos deben ser juzgados pertenezcan a donde pertenezcan. Tampoco se puede negar que esa fue una de las etapas más oscuras del país, que costó muerte, sufrimiento y dolor.

Ahora es una sociedad diferente, con problemas económicos, sociales y políticos profundos. Pero también es una Guatemala que poco a poco intenta cuestionándose y eso es un gran progreso. A estas alturas estamos teniendo la discusiones que se debieron tener hace 20 años y empezamos a resolver conflictos que debimos afrontar en aquel entonces.

Actualmente los protagonistas son otros, una nueva generación que tiene el reto de resolver sus dudas casi a ciegas, pero que deben tener la visión para enfrentarse al dilema de pertenecer al presente, casi desconociendo el pasado. Ese es reto.

La firma de la paz para mí fue importante y el evento más trascendental que me ha tocado vivir en la vida, sentir que había una esperanza.

Una orquesta civil y femenina toca en el Parque Central junto a una banda marcial y eso es hermoso por lo que significa, porque me refuerza el pensamiento que una de las grandes soluciones de este país es el arte como una fuerza sanadora. No puedo negar que al ver uno de sus ensayos quedé conmovido.

En aquella mañana que salí a los caminos vecinales con mi prima fue como un reto a Guatemala para convencerme que por fin las cosas habían cambiado. 20 años después puedo decir que sí. Claro no es el mejor país del mundo, pero no es tan oscuro como hace 35 años. 

Ángel Elias

lunes, diciembre 12, 2016

El Día de Guadalupe en Guatemala



Foto: www.revuemag.com

Yo no estoy de acuerdo con que vistan a niños con trajes indígenas para la fiesta de la Virgen de Guadalupe como tampoco me estoy de acuerdo con que me llamen chapín. 


Hay cosas que no se pueden cambiar, pero deberían. La celebración de la virgen de Guadalupe en Guatemala tiene sus particularidades. Todos los años se visten a los niños con trajes regionales guatemaltecos como un homenaje a la virgen y a Juan Diego, el indígena que supuestamente fue quien la vio en el cerro Tepeyac en México.


El uso del traje para esta celebración se le llama travestismo cultural, cambiar culturalmente para aparentar ser otro. Claro, este tipo de “cambio” solo es momentáneo y no lo hacen los adultos, solo los niños.


Los estereotipos fundados en este tipo de cambios  son evidentes. Las niñas salen vestidas como indígenas con diademas que llevan canastos con frutas en la cabeza, como si las mujeres indígenas solo pudieran llevar canastos para el mercado. Y los hombres se les pintan bigotes y barba, al mejor estilo de las películas mexicanas para aparentar una distancia prudente entre el ladinismo y lo que ellos consideran cultura indígena.


No tengo nada en contra de las tradiciones católicas, una vez esta no contenga alguna carga que clasifique, en este caso, a los indígenas bajo ciertos parámetros. El guatemalteco mantiene una distancia prudente con su pasado indígena, y este es el único día en el que abiertamente “valora” la cultura maya, y encierro entre comillas el término valora, porque en realidad es “exhibe”.


Es permitido este 12 de diciembre, cuando el resto del año reniega del pasado indígena y busca hasta por debajo de las piedras su linaje español. ¿Qué sucede después de este día? Los trajes pasan a formar parte del inventario de las cosas que jamás se vuelven a usar, que quedan en el olvido, como queda escondido el valor de la cultura maya guatemalteca.


La cultura fue solo un instrumento, un show que recuerda al mundo occidental/mestizo que hay mayas y que les pertenecen. Son frecuentes comentarios como “nuestros indígenas”, “nuestras ruinas mayas”, “nuestros trajes”, expresiones que parecieran hasta paternales, pero que en el fondo están tapizadas de 400 años de marginación y sentido de propiedad sobre el indígena guatemalteco.


De todo esto ya no nos damos cuenta, porque de alguna manera el racismo, el clasismo y la discriminación de la clase dominante hace que esas cosas se vean insignificantes y hasta válidas.


Al final, en Guatemala es complicado el tema del racismo porque es un elemento muy permeado en la idiosincrásica y muchas de las actitudes de los “chapines” son consideradas normales por hacerse así durante siglos. 

Ángel Elías

lunes, diciembre 05, 2016

La deuda de la izquierda en Guatemala



No dedicaré a enumerar los graves problemas que la derecha intransigente, retrógrada y arcaica guatemalteca ha dejado a Guatemala. Por una razón, sencilla y explicable: detallar  por qué la derecha guatemalteca es un fósil viviente, es como tratar de explicar que un elefante tiene una nariz grande, es obvia.

Más de 400 años de explotación le ha dado a la derecha en un lugar privilegiado para exprimir poco a poco cada uno de los recursos del país. La historia y la economía lo dice,  el 95% de la riqueza del país se alberga en pocas manos, eso no es un secreto. El pensamiento de la clase tradicional de Guatemala se basa en el desprecio, racismo y ambición desmedida hacia los recursos de Guatemala.

La izquierda tiene una deuda en Guatemala. Simplemente no representa el pensamiento general de la población guatemalteca, con poco menos de 10 diputados en un congreso de 158, simplemente dice una cosa, tiene algo que no convence.

¿Pero qué tiene que hacer la izquierda para que los guatemaltecos crean en ellos? Cambiar. La fórmula es simple, deben dejar el mismo juego político de la derecha, aunque les cueste poder político, con esto poco a poco recuperarían  el apoyo de la población.  Después de 20 años de la firma de los acuerdos de paz, tener tal cantidad de diputados en el Congreso, es casi penoso.

A la población guatemalteca, la izquierda guatemalteca les parece un bicho raro que simplemente espera el momento para saltar al poder y hacer lo mismo que la derecha. Los guatemaltecos no confían en la izquierda porque no tienen motivos para hacerlo. 

-Por ese malicioso pecado de generalizar diciendo guatemaltecos, me refiero a todos aquellos que por su cabeza no pasó siquiera la posibilidad de votar por los movimientos de izquierda-.

La izquierda en Guatemala es inexistente, extinta y romántica. Muchos de los discursos se quedaron entrampados en la década de 1970 cuando todavía el muro de Berlín existía. Claro no hay más argumentos que sustenten a este movimiento que agoniza desde hace rato por no cambiar el discurso.

La población indígena, que podría en el momento de decidirse, cambiar los destinos del país con su voto (si tan solo tuvieran una opción por quien votar), no vota por la izquierda por una razón, no comparten agenda ni visión de mundo. Prefieren mantener el voto duro por los regalos, por las frases y las canciones ya que la izquierda no logra sostener su discurso y acción coordinados.

La izquierda tiene un reto que no ha comprendido, deben entender  cómo es la dinámica de los pueblos indígenas.  Cuál es el tipo de gobierno que busca la comunidad maya guatemalteca, se sorprenderían al saber cuáles son sus opciones para cambiar los rumbos.

Claro, eso tiene un costo político con el mundo occidental. Darle poder político a los pueblos indígenas es impensable, más aún si estos cuestan puestos. 

Al final la izquierda y la derecha pareciera que tienen el mismo trato hacia el indígena, quieren ser los padrinos de un ahijado que hace mucho que ya no vive en la casa.

jueves, septiembre 15, 2016

El tema de la patria




Nunca me gustó desfilar el 15 de septiembre. Me parecía tan arcaico y tan poco patriota. De pequeño nunca logré relacionar el valor nacional con un desfile, en la actualidad tampoco. Pero mi espíritu irreverente estuvo presente desde pequeño. No marché (porque sí me obligaron a ir al desfile), solo iba caminando hasta que los maestro me regañaba, eran otros tiempos, tiempos previos a la firma de la paz. 

La asociación de la nacionalidad estuvo siempre ligada a las marchas militares y al desfile, al saludo uno y el choque de tacones, no estuvo relacionada a la historia o a la identidad. Y ese es un problema porque se ve a la nación como un ente ajeno, castigador y corrupto. No se asocia a una forma de maternidad que debería tener la patria. 

Con los años aprendí que la identidad, mi identidad  estaba ligada más allá del himno nacional o el ondear del azul y blanco. Estaba ligado a mis orígenes, a mis retornos, a mis amigos, a mi familia. La patria no es un conjunto de normas o reglas que le pertenecen a un territorio. La patria es lo que nos une a un lugar, ya sea Guatemala o China. Acá tenemos a los pares, tenemos lo que nos une a un pasado. Este no es el mejor país del mundo, es el lugar en el que dejamos enterrados nuestros recuerdos y ya dependerá de ellos llevarse el título de mejor.

Ángel Elías