
La Obamanía
Cuando terminó la segunda guerra mundial, estamos hablando de 1945, los Estados Unidos emergió como la primera potencia mundial; había desplazado a Inglaterra, a quien los chapines en el reclamo colonial de Belice, les decían: “Hijos de la Gran Bretaña”.
Pues bien, los EEUU empezaron a pasearse por el orbe cual policía que ponía orden y además ordenando que debía hacerse y que no. Su economía se expandió vertiginosamente, más cuando cientos de millones seres de colonizados por Inglaterra, Holanda, Alemania, Francia dejaron de serlo y pasaron al dominio económico estadounidense.
El primer tropezón se lo llevaron en Corea, allá por los años 50 del siglo pasado, donde según sus estrategas la guerra librada ahí contra el “comunismo” terminó en un empate, pero como sabemos, una guerra se gana o se pierde, no se empata, cuestión que solamente en el juego de ajedrez puede darse. Así que el imperio, al empatar con un país pobre como Corea, perdió la guerra, aunque ante el mundo presumieron de haberla empatado, queriendo así salvar la derrota.
Conforme se expandían económicamente, también comenzaron los reveses. Fallaron el rescate de rehenes en Irán; la llamada Guerra Madre de Irak inducida por Sadam Hussein y el primer Bush terminó en nada; la invasión a Libano en 1958 fue en un fracaso; la invasión a Cuba en 1962, fue un total descalabro; hasta la de Nicaragua en los años 80 fue una guerra pérdida por los EEUU porque los contras nunca pusieron en peligro el poder sandinista; y la más sonada, la derrota total en Vietnam Los estadounidenses solo pueden vanagloriarse se haber ganado una guerrita contra la deshabitada isla de Grenada y la invasión, desde sus bases en el canal de Panamá, a Panamá. En ese afán imperial, los gringos se atribuyeron la disolución de la Unión Soviética cuando se sabe que fueron las contradicciones internas del llamado socialismo real quien lo abatió.
En ese devenir adoraron la tecnología y los dólares: creyeron que con tecnología militar y civil podían hacer cualquier cosa que se propusieran y como podían imprimir dólares sin que nadie los controlara, pagaban o compraban lo que se les ocurriera. Para Bushito la guerra era juego de Nintendo y los dólares uno de Monopolio. La frenética locura imperial no tenía límite: inventaron lo de las armas de destrucción masiva en Irak e invadieron ese país por sus propias pistolas, aunque acompañados por sayones como Blair y Aznar y hasta 100 guanacos mandados por Arena y de paso le quebraron la espina dorsal a la ONU. Pero, cuando Bushito dijo que la guerra en Irak había terminado, fue justamente cuando empezó; en 6 años llevan gastados más de $ 600.000 millones, tienen mas de 3,000 muertos y 30,000 heridos; y lo peor, no saben como salir del enredo. En Afganistán, uno de los pueblos más pobres de la tierra, tienen exactamente el mismo problema, no saben cómo salir de la guerra con lo talibanes. Las dos son guerras que los gringos tienen perdidas.
Le dijeron al mundo que los dólares se reproducían a si mismos e inundaron de billetes imaginarios el planeta; cuando el barril de petróleo valía $70, ellos decían $ 140, esquilmándole a la gente $ 70. Igual pasó con las casas, la comida, el vestido, hasta con los teléfonos: en Kuwait por el erótico número internacional 70696969, pagaron medio millón de dólares. Pero el 15 de septiembre, todo esto se derrumbó: los dólares imaginarios desaparecieron tan pasmosamente como habían aparecido. El capitalismo salvaje, que maldijo Juan Pablo II, se había cuarteado irremisiblemente y los estadounidenses, beneficiarios del dolarizado hechizo, de pronto supieron que no tenían pisto, que no eran tan poderosos como les decían ser y que estaban en la más grave quiebra económica, política, económica, militar, moral, ética de toda su historia.
Cuando terminó la segunda guerra mundial, estamos hablando de 1945, los Estados Unidos emergió como la primera potencia mundial; había desplazado a Inglaterra, a quien los chapines en el reclamo colonial de Belice, les decían: “Hijos de la Gran Bretaña”.
Pues bien, los EEUU empezaron a pasearse por el orbe cual policía que ponía orden y además ordenando que debía hacerse y que no. Su economía se expandió vertiginosamente, más cuando cientos de millones seres de colonizados por Inglaterra, Holanda, Alemania, Francia dejaron de serlo y pasaron al dominio económico estadounidense.
El primer tropezón se lo llevaron en Corea, allá por los años 50 del siglo pasado, donde según sus estrategas la guerra librada ahí contra el “comunismo” terminó en un empate, pero como sabemos, una guerra se gana o se pierde, no se empata, cuestión que solamente en el juego de ajedrez puede darse. Así que el imperio, al empatar con un país pobre como Corea, perdió la guerra, aunque ante el mundo presumieron de haberla empatado, queriendo así salvar la derrota.
Conforme se expandían económicamente, también comenzaron los reveses. Fallaron el rescate de rehenes en Irán; la llamada Guerra Madre de Irak inducida por Sadam Hussein y el primer Bush terminó en nada; la invasión a Libano en 1958 fue en un fracaso; la invasión a Cuba en 1962, fue un total descalabro; hasta la de Nicaragua en los años 80 fue una guerra pérdida por los EEUU porque los contras nunca pusieron en peligro el poder sandinista; y la más sonada, la derrota total en Vietnam Los estadounidenses solo pueden vanagloriarse se haber ganado una guerrita contra la deshabitada isla de Grenada y la invasión, desde sus bases en el canal de Panamá, a Panamá. En ese afán imperial, los gringos se atribuyeron la disolución de la Unión Soviética cuando se sabe que fueron las contradicciones internas del llamado socialismo real quien lo abatió.
En ese devenir adoraron la tecnología y los dólares: creyeron que con tecnología militar y civil podían hacer cualquier cosa que se propusieran y como podían imprimir dólares sin que nadie los controlara, pagaban o compraban lo que se les ocurriera. Para Bushito la guerra era juego de Nintendo y los dólares uno de Monopolio. La frenética locura imperial no tenía límite: inventaron lo de las armas de destrucción masiva en Irak e invadieron ese país por sus propias pistolas, aunque acompañados por sayones como Blair y Aznar y hasta 100 guanacos mandados por Arena y de paso le quebraron la espina dorsal a la ONU. Pero, cuando Bushito dijo que la guerra en Irak había terminado, fue justamente cuando empezó; en 6 años llevan gastados más de $ 600.000 millones, tienen mas de 3,000 muertos y 30,000 heridos; y lo peor, no saben como salir del enredo. En Afganistán, uno de los pueblos más pobres de la tierra, tienen exactamente el mismo problema, no saben cómo salir de la guerra con lo talibanes. Las dos son guerras que los gringos tienen perdidas.
Le dijeron al mundo que los dólares se reproducían a si mismos e inundaron de billetes imaginarios el planeta; cuando el barril de petróleo valía $70, ellos decían $ 140, esquilmándole a la gente $ 70. Igual pasó con las casas, la comida, el vestido, hasta con los teléfonos: en Kuwait por el erótico número internacional 70696969, pagaron medio millón de dólares. Pero el 15 de septiembre, todo esto se derrumbó: los dólares imaginarios desaparecieron tan pasmosamente como habían aparecido. El capitalismo salvaje, que maldijo Juan Pablo II, se había cuarteado irremisiblemente y los estadounidenses, beneficiarios del dolarizado hechizo, de pronto supieron que no tenían pisto, que no eran tan poderosos como les decían ser y que estaban en la más grave quiebra económica, política, económica, militar, moral, ética de toda su historia.
Pero tuvieron suerte, porque otro par de años con Bushito el imperio hubiera tocado fondo. Así que en medio del desastre, los estadounidenses se preguntaron: ¿y ahora quién podrá defendernos? y eligieron al negrazo de Obama, que con un discurso florido, sereno, seguro, les dijo que todavía había esperanza, que él los iba sacar de las guerras perdidas, que les iba a dar empleo, seguro social, buena educación, buenos salarios y además les dijo que los ricos pagarían impuestos como ricos y los pobres como pobres; que eso que dijo Reagan que “el Estado es el problema y no la solución” estaba probada su falsedad, que por el contrario “ el Estado era la solución” y no el mercado de los neoliberales que los tenía postrados ante si y ante el mundo.
Como lo último que se pierde es la esperanza todo el mundo, literalmente, se volvió Obamanista: creyeron lo que les dijo. Hasta los que perdieron están contentos, al menos, aliviados del peso de la desesperanza. Y no cabe duda que Obama hará las cosas mejor en los EEUU, remediara la gravedad, pero lo que no podrá arreglar la Obamanía es el hecho que en la historia de la humanidad ningún imperio había florecido y marchitado tan rápidamente como este: mientras el imperio romano duró mil años, el español cuatrocientos y el inglés doscientos, el norteamericano apenas alcanzó los sesenta. Y no es que los EEUU este acabado, todavía son grandes y fuertes, pero estamos en presencia del principio del fin, y esto es bueno para la humanidad.
Guillermo Paz Cárcamo
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