Los regalos son así. Un momento de sorpresa motivado por algo inesperado, pero que en el fondo se deseaba. Mi regalo de fin de año se da en menos de media hora, se entrega en menos de veinticuatro y permanece para todo el año. Una amiga regresó de su ausencia y compartimos un café. Me recuerda las noches de espera por aquel carrito o tractorcito que estaba envuelto en papel multicolor. Tiempo después fue la entrega de un libro por parte de cualquier familiar, con ganas de alimentar su curiosidad por enterarse si en realidad me gustaba la lectura. De alguna manera, los regalos son dádivas que se entregan esperando quedar bien. En la actualidad los regalos se dan tratando de llenar un espacio dentro de un alma convulsa del consumismo. No he perdido la fe en los regalos, ni mucho menos en la intencionalidad de ellos, pero a veces creo que muchos regalos son comprometidos con la época o en el peor de los casos como una respuesta al caos interno promovido por una espora llamada culpa. Sin e...